Detrás del barrio que hoy conocemos hay más de veinte años de trabajo, colaboración y constancia. Una historia protagonizada por propietarios que, unidos primero en la Asociación de Vecinos Asolarra y después en la Junta de Concertación, hicieron posible una de las mayores transformaciones urbanísticas de la historia reciente de Mungia.
La historia de Larrabizker forma parte de la evolución de Mungia. Cuesta imaginarlo al recorrer hoy sus calles, pero durante décadas este entorno estuvo formado principalmente por parcelas agrícolas y caminos rurales. La aparición del barrio actual no fue algo espontáneo: fue el resultado de muchos años de esfuerzo compartido.
La posibilidad de desarrollar urbanísticamente la zona abrió la puerta a su renovación, pero también planteó un enorme reto. Para sacar adelante el proyecto, los propietarios debían tomar la iniciativa y asumir unas importantes responsabilidades económicas, técnicas y administrativas.
Decidieron hacerlo. Primero se constituyó la Asociación de Vecinos Asolarra, desde la que se impulsaron y coordinaron los pasos iniciales. Más adelante nació la Junta de Concertación del Sector Residencial Larrabizker, integrada por los propios propietarios y encargada de gestionar la reparcelación, contratar los proyectos técnicos, ejecutar las obras y cumplir las obligaciones establecidas por la normativa urbanística.
Comenzó así un proceso que acabaría prolongándose durante más de dos décadas. Los propietarios aportaron los terrenos necesarios, financiaron las obras mediante derramas y contrataron a los profesionales que requería un proyecto de esta envergadura. Coordinar a las administraciones, los equipos técnicos y jurídicos y a decenas de propietarios exigió una dedicación constante y una capacidad de organización extraordinaria para una entidad formada por particulares.
Aquel esfuerzo cambió por completo Larrabizker. Donde antes había terrenos sin urbanizar fueron apareciendo calles, aceras, alumbrado público, redes de abastecimiento y saneamiento, zonas verdes y el resto de los servicios necesarios para integrar el barrio en Mungia.
Los beneficios de la actuación no quedaron limitados a los propietarios. El Ayuntamiento de Mungia recibió gratuitamente una importante superficie destinada a viales, parques, espacios libres y parcelas para futuros equipamientos públicos. El planeamiento también reservó suelo para construir más de 300 viviendas de protección oficial, una previsión de especial importancia ante las dificultades de acceso a la vivienda que afrontan muchas personas y, especialmente, las generaciones más jóvenes.
El camino, sin embargo, fue mucho más largo de lo previsto. Durante los mandatos de José Antonio Torrontegi, Izaskun Uriagereka, Ager Izagirre y Alaitz Erkoreka, el proyecto pasó por diferentes etapas administrativas, nuevos requerimientos técnicos y sucesivos retrasos. Lo que debía ser una actuación limitada en el tiempo terminó convirtiéndose en una tarea de largo recorrido.
Si el proceso pudo mantenerse durante tantos años fue, en buena medida, por la implicación de quienes asumieron la dirección de la Junta de Concertación. Presidentes, vicepresidentes, secretarios, vocales y otros integrantes de sus órganos de gobierno desempeñaron sus funciones de forma completamente altruista. Dedicaron miles de horas a reuniones, contratación y coordinación de profesionales, seguimiento de las obras, atención a los propietarios y relación con las administraciones.
Detrás de esas responsabilidades había personas con sus propias familias, trabajos y obligaciones. Aun así, aceptaron tomar decisiones difíciles, conciliar intereses distintos y afrontar problemas técnicos, jurídicos y económicos sin recibir ninguna contraprestación.
Una dedicación tan prolongada tuvo inevitablemente un coste personal. Los retrasos, la complejidad de la gestión y el peso de las responsabilidades fueron desgastando a muchas de las personas que estuvieron al frente del proyecto. Una vez terminadas las obras, varias decidieron poner fin a una etapa a la que habían dedicado una parte importante de sus vidas.
Finalmente, en 2024, el Ayuntamiento de Mungia recibió las obras de urbanización. Culminaba así una de las principales transformaciones urbanísticas de la historia reciente del municipio, después de más de veinte años de planificación, dificultades y trabajo compartido.
Hoy, miles de personas utilizan las calles, parques, espacios públicos e infraestructuras de Larrabizker. Todo ello forma ya parte del patrimonio colectivo de Mungia y representa el legado de quienes asumieron una responsabilidad que iba mucho más allá de sus intereses particulares.
Sin embargo, todavía quedan zonas verdes que presentan un aspecto completamente asalvajado y cuya adecuación corresponde al Ayuntamiento. Son espacios concebidos para convertirse en parques y zonas útiles para el disfrute de todo el pueblo, pero permanecen sin acondicionar y con una vegetación descontrolada.
Mantenerlos en este estado favorece la expansión de especies invasoras, como la hierba de la pampa, y facilita la presencia de otras, como la avispa asiática. A ello se suma el riesgo de incendio, especialmente preocupante ante unas olas de calor cada vez más frecuentes e intensas.
No puede olvidarse, además, que son lugares de paso y encuentro para niños y jóvenes, quienes no siempre son conscientes del peligro que puede existir entre la maleza. Por eso, acondicionar estas zonas, controlar la vegetación y darles forma de parque no es únicamente una cuestión estética: es una actuación necesaria para la seguridad, la protección del entorno y el aprovechamiento público de unos terrenos que ya pertenecen al municipio.
Larrabizker no es solo el resultado de unos planos, unas obras o una sucesión de trámites administrativos. Es, sobre todo, la historia de unas personas que decidieron organizarse y seguir adelante durante más de veinte años. Gracias a su compromiso, aquel proyecto es hoy un barrio plenamente integrado en Mungia y un espacio del que podría disfrutar toda la ciudadanía si el Ayuntamiento acondicionara adecuadamente la parte que le corresponde.